
Déjame ir contigo rebelde y risueño,
Déjame ir contigo libre como el viento,
Déjame ir contigo que en ti están mis sueños,
Déjame ir contigo…..
Déjame ir contigo libre como el viento,
Déjame ir contigo que en ti están mis sueños,
Déjame ir contigo…..
Colgué el teléfono tras una veintena de llamadas y lo dejé en la mesa del despacho, me balancee unos segundos en la silla y escapé de esas cuatro paredes que me absorbían, cerré la puerta y mientras bajaba al portal en el ascensor aflojé la corbata que me asfixiaba, y una vez en el bajo salí a la calle.
Miré a mi alrededor y no viendo un sitio mejor para sentarme, decidí hacerlo en el escalón del portal, saqué de la chaqueta la cajetilla de tabaco y encendí un cigarrillo. Mientras éste se iba consumiendo por una fusión de viento y mis caladas a “caraperro” me fijé en el árbol que tenia delante, el cual había perdido ya algunas hojas acechado por el otoño, al seguir mirándolo vi como una de sus hojas se desprendía del mismo y sin conocer muy bien el motivo, me inundó la tristeza. Quizás fuera por una asociación directa de mi cerebro entre hoja y lágrima o simplemente por la perdida de una parte de aquel ajado árbol, el tema es que con ese sentimiento fui incapaz de apartar la mirada de la hoja.
De repente una bocanada de viento elevó la hoja mientras la acariciaba balanceándola, llevándola de aquí para allá volando entre los arboles, depositándola en el suelo el tiempo necesario para que otra caricia le ayudara a remontar el vuelo.
El sentimiento de tristeza se transformó en envidia y quise agarrarme a esa hoja y volar con ella impulsado por ese viento que le otorgaba en definitiva… la libertad.


